La amistad de Cristóbal Deschamps

Emerson Soriano

Lo conocí en la década de los dos mil. Para entonces ya había recorrido todo un trayecto de accidentada vida periodística, sin despecho de la multiplicidad de oficios que hemos tenido que realizar unos y otros para levantar una familia, y por qué no, para dispersarnos de tiempo en tiempo una dosis de placer en humana obediencia al gobierno de la carne. Con todo, a ojos vistas, no ofrecía otro aspecto que el de un mortal más, un hombre común que sale por las mañanas a vencer por obligadas circunstancias para, en la noche, volver a su guarida y remanso, donde abandona toda suerte de impuesta malicia y se entrega al “descanso”.

Sí, lo vi tan común como a cualquier otro mortal, con virtudes y defectos, mismos que unos se inclinaban a aumentar y otros a disminuir, como si fuera cosa de hombres conocer de corazones. Hice caso omiso a todos, y empecé el trato con este hombre que declamaba a Juan de Dios Peza y con auténtica verdad escénica reía llorando. Sí, llorando, no solo en la declamación de Peza, sino en la cotidianidad de una existencia con rango de lotería, gestionando soledades y ausencias, merecidas por sus errores o inmerecidas por causa ajena.

Y así fuimos tejiendo con la seda de las identidades una manta de afecto fraterno merced a la cual pudimos lidiar con la gélida atmósfera de las decepciones humanas que padecimos más de una vez, pero siempre juntos, sin hacer caso ni a detractores ni a exaltadores, solo al sentimiento de la noble amistad que activaba nuestra mutua compañía. Para entonces, eran los años en que había abandonado la función pública -o ella me había abandonado a mí-, y aún vivía en Santo Domingo, solo, pues nunca moví mi familia de Santiago. Él solía aparecerse a la hora crepuscular para cenar juntos, platicar sobre política, filosofía o literatura. También para escuchar a Marc Antony y su “Flor pálida” o a Alfredo Zitarrosa y su “Dile a la vida”, entre otros.

A Cristóbal Deschamps le debo haber conocido a uno de mis amigos más preciados, Miguel López Ramos, y le debo también la satisfacción de la desinteresada amistad que me prodigó aquellos días y aún me prodiga hoy. En el día de ayer le visité en su morada de ahora, donde su hija Neyla, para volver a disfrutar el encanto de sus relatos y hasta un poco llorar al influjo de viejos recuerdos y renovada admiración. ¡Eterna salud para ti, Cristóbal Deschamps, amigo de ayer y de hoy!

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